Pedregalejo,
un barrio que fue de cine

 


Vista parcial del interior del cine de verano Los Galanes, en la calle Fernández Shaw de Pedregalejo.
Obsérvese al fondo la pantalla y la caseta de la taquilla, ambas bastante bien conservadas
para el tiempo transcurrido desde que se cerró la sala; así mismo se puede apreciar
que parte del recinto está colonizado por la vegetación
(Foto: JRT, 2012)

¡Qué noches de película pasamos a la luz de la luna y/o de las estrellas!
Seguro que a mucha gente del barrio entrada en años se le pone
la carne de gallina cuando vean estas fotos


Cine de verano Los Galanes: puerta de entrada, en lamentable estado, y ventanuco, cegado, de la taquilla (Fotos: JRT, 2012)

Al otro lado de la fachada, a la derecha de la imagen, existe otra puerta similar, la cual se abría una vez acabada la función



Cine de verano Los Galanes, Pedregalejo (Málaga): vista parcial
de la puerta de entrada y ventanuco de la taquilla
(Foto: JRT, 2012)

En el barrio de Pedregalejo llegó a haber cuatro cines a la vez. Yo los conocí. Tres de verano, Pedregalejo Cinema, Acacias y Los Galanes, y uno cubierto, el Lope de Vega. Ahora ya son historia, no queda ninguno. El primero en morir fue el cine Pedregalejo (1946-?)*, que estaba en la Carretera de Almería (hoy Avenida Juan Sebastián El Cano) esquina Calle Alberto Lista y Calle Pereda, y al que fui alguna vez cuando era niño. Aparte de la fecha de su nacimiento, no he encontrado ninguna referencia sobre él. Después cerraron el cine Acacias (1958-1966), pero Los Galanes y el Lope de Vega se mantuvieron durante bastante tiempo, 21 y 19 años respectivamente, hasta que en 1981 los dueños tiraron la toalla al dejar de ser rentable el negocio por la notable disminución de espectadores. La televisión, el pujante vídeo y luego las pequeñas salas multicines fueron acabando con los grandes cines, muchos de los cuales desaparecieron sin dejar huella. No así Los Galanes, cuyas instalaciones, aunque algo deterioradas, tuve la oportunidad de fotografiar en 2012; o el Lope de Vega, cuyo edificio aún se mantiene en pie milagrosamente a pesar de llevar abandonado muchos años y de haber pasado por dos reconversiones, una en la que se acondicionó para albergar una pista de patinaje (Rolling), y otra, posterior, que configuró la discoteca Bobby Logan, muy de moda a finales de los 80 y principio de los 90, incluso se ha publicado una novela con dicho título en la cual los personajes principales frecuentaba asiduamente dicho local. Durante los periodos en que fue sala de patinaje y discoteca mantuvo su gran pantalla, por lo que es posible que todavía se conserve. Cuando el local era discoteca, proyectaban sobre la misma vídeos de las canciones que sonaban, como recuerdan en Internet muchos de los que anduvieron por allí en sus tiempos mozos. De la sala de patinaje Rolling apenas se encuentran testimonios, quizás porque su existencia fue comparativamente más efímera.


El edificio del cine Lope de Vega en venta
tras el cierre de la Sala de Patinaje Rolling


Bobby Logan
fue un lugar de descanso donde nunca se descansaba. Una discoteca mutante que conservaba vestigios de sus distintos pasados: primero fue el cine Lope de Vega, más tarde la pista de patinaje Rolling y después y para siempre jamás El Santo, como ese personaje televisivo, de todas las discotecas. La entrada estaba coronada con un inmenso cartel de letras rojas sobre nubes blancas en el que se leía Bobby Logan. Y, encima de las letras, el amigo Bobby, el aviador Logan, con su bufanda al viento, las gafas en el casco, sonriente, con su avión realizando cabriolas. El hall de Bobby Logan todavía atesoraba su pasado de sala de cine: escaleras en los laterales que conducían a la segunda planta, algunos sillones, un puesto de palomitas reconvertido en guardarropa, y dos grandes puertas –una a cada lado- que abría un Cielo nocturno de promesas ficticias. En cuanto se entraba al interior de esta primera planta, a un lado de cada puerta, había una barra, y, entre ellas, sillas y mesas de rojo que emulaban barriles de petróleo. El servicio de los chicos estaba a la izquierda y el de las chicas a la derecha. En el centro, una gran pista de baile, al fondo, una escalera, donde estaba, encima de una tarima, el deejay, y, detrás de él, una pantalla de cine donde se proyectaban vídeos de surf y videoclips. Tanto por el hall como por las escaleras del primer piso se accedía a la segunda planta, donde, asimismo, además de poder verse la pista de baile, había dos barras a cada lado, sillones, una reducida zona de baile rectangular y barras metálicas de lo que fue la pista de patinaje. Aún había un tercer piso, oscuro y decorado con más sillones, en el que las parejas se refugiaban para aprender geografía compartida: los chicos buscaban sexo de cualquier forma, aunque la mayoría de las veces se conformaba con magreos de tetas y culos, y la chicas, a medida que los besos se prolongaban, sentían en su cuerpo el sexo urgente de sus conquistas.

Miguel Ángel Oeste. Bobby Logan, pp. 17 y 18. Zut Ediciones, S.L. 2011





Edificio del cine Lope de Vega de Pedregalejo, en la avenida de Juan Sebastián el Cano,
entre las calles Ventura de la Vega y Fernández Shaw. Dicho cine se inauguró en marzo de 1962
y se clausuró en 1981, siendo reconvertido posteriormente en la sala de patinaje Rolling
y, unos años después, en la discoteca Bobby Logan
(Foto: JRT, 2011)


Detalle de la fachada anterior con el cartel-logotipo
de la discoteca Bobby Logan
(Foto: JRT, 2011)


Los Galanes (1960-1981) fue mi cine de verano por antonomasia, el que más frecuenté, del que más recuerdos tengo. Allí vi películas como “Tómbola” o “Ciento y un dálmatas”, que me gustó mucho y me pareció entrañable a pesar de las artimañas de la maléfica Cruella de Vil; y ya de joven, entre otras muchas, “West side history”, “Doctor Zhivago” (como el personaje del apuesto Omar Sharif, me enamoré perdidamente de Julie Christie), “Un hombre y una mujer”, “El graduado” (un escándalo en aquel tiempo), “2001, una odisea del espacio” (entonces no le saqué mucho jugo, pero me quedé extasiado con los compases del Danubio Azul y la nave desplazándose lentamente por el espacio interestelar, que por otra parte estaba al alcance de mi vista con sólo mirar para arriba), varias de James Bond (“Operación trueno”, “Goldfinger”, etc.), encarnado por el irresistible Sean Connery, y de Drácula, interpretado por un Christopher Lee ávido de sangre, y donde, al igual que en las del apuesto agente 007, aparecían mujeres despampanantes con escotes generosos (para mayor abundamiento véase mi texto sobre “El destape”), “La muerte tenía un precio” (me congració con el género Western, soberbia la banda sonora de Ennio Morricone), “Dos hombres y un destino” (en esta me enamoré de Katharine Ross, pero el encantamiento, como en el caso de la Christie, no duró mucho), “Los vividores” (sólo recuerdo la ambientación y las canciones de Leonard Cohen; quizás es que en esa cinta no pasaba nada), “La leyenda de la ciudad sin nombre”, "El golpe" etc., etc. En este y otros cines de verano se podía fumar, beber y comer, y no sólo chuches como pipas, chufas y altramuces, sino tus propios bocadillos. Además tenía al fondo un bar donde poder comprar bebidas o más chucherías y comida. Algunos de los asistentes se llevaban cojines para los duros asientos de las sillas.



Bar del cine de verano de Pedregalejo "Los Galanes",
situado al fondo del recinto, en el lado opuesto a la pantalla
(Foto: JRT, 2012)


En las cálidas y estrelladas noches de los interminables veranos, después de cenar, jugábamos o charlábamos en la calle viendo revolotear algún murciélago con la música de fondo del chirriar de los grillos. Pequeños, mayores y medianos comíamos pipas, altramuces u otras delicias alimenticias sentados en los poyetes de una verja o en el escalón de entrada a alguna casa. Y si se terciaba, el festín era en Los Galanes, nuestro cine de verano; donde a finales de agosto era casi preceptivo ir con la rebeca en la mano. Y allí continuaba la velada mientras mirabas de reojo, como en misa, a la chica que te gustaba; y con los ojos bien abiertos, también la pantalla para no perderte nada: amores imposibles, aventuras y desventuras de piratas o de espías de la guerra fría, suspense con la muerte en los talones, Los Cañones de Navarone, Doctor Zhivago, Lo que le viento se llevó, Drácula, Ciento y un dálmatas, la itimerata. A veces la película sólo era un cartel y el cine un lugar donde pasar el rato en una espléndida noche de verano.

Texto extraído de “Mi perfil, por la cara” (De Vez en Cuento), Juan Rodríguez de Tembleque.



Otra vista de la pantalla y de la caseta de la taquilla
del cine de verano Los Galanes
(Foto: JRT, 2012)


El último cine de verano que pisé fue Las Palmeras, en La Cala del Moral (Málaga), probablemente un año antes de su clausura en 2006.



Cine de verano Las Palmeras, La Cala del Moral,
Rincón de la Victoria, Málaga
(Foto: JRT, 2011)


Después de catorce años, su dueño, Bernardo Galiano, no ha podido aguantar la competencia de las películas gratis en la playa que proyecta el Ayuntamiento de Rincón de la Victoria. Galiano aprendió el oficio de su padre, que le dedicó cuarenta años hasta su muerte, hace dos. Con Las Palmeras, se va otro histórico: sólo queda un cine de verano, en Torre del Mar.

Noticia aparecida en el Diario 20 minutos el 28-07-2006.


Parece que el cine de Torre del Mar a que hace referencia la noticia anterior es el Imperial Cinema, que por lo visto también ha dejado de funcionar como se desprende del siguiente texto, aunque Elena “Navajo”, una amiga de por allí, me ha dicho que quieren reabrirlo en el 2017.


Todos los veranos intento escaparme un fin de semana a Torre del Mar, el pueblo costero donde vive mi familia y en el que veraneo desde que era pequeño. Además de la playa, los espetos, las risas con mis primas y la cerveza Victoria, uno de los highlights que nunca me salto al venir aquí es ir al “Imperial Cinema”, el mítico cine de verano del pueblo. Últimamente ha estado muy dejado, pero todos los años vemos al menos una peli, la que sea. ¡Lucía y yo hemos llegado a ver hasta “Tengo ganas de ti”! Este fue el primer cine al que fui en mi vida: todavía recuerdo el impacto que me causó ver “Indiana Jones y la última cruzada” con mis hermanos. En este mismo cine alucinamos con “Forrest Gump”, “La máscara”, “Jumanji” o “Men in Black”. Hoy me he acercado al cine con la mágica incertidumbre de no saber que pondrían esta noche… Y me lo he encontrado cerrado. Se me ha roto el corazón al descubrir que el cine ha caído ante el tiránico avance tecnológico que no entiende de nostalgias ni de recuerdos. Es doloroso ver cómo algunos de nuestros pilares de la infancia desaparecen y se pierden con el paso del tiempo. Esta noche no podré disfrutar de las sillas incómodas ni del fresquito de esta sala que siempre permanecerá en mi recuerdo y en la que me refugiaré no todos los veranos, sino siempre que me apetezca viajar en el tiempo… ¡VIVA EL CINE!

“Requiem por un cine de verano”, texto extraído del blog de Daniel Romero escrito desde la playa de Torre del Mar, Malága, el 30 de agosto de 2014.


Cine de verano Imperial Cinema
Torre del Mar, Málaga


Precisamente con Torre del Mar tengo también vínculos emocionales, sobre todo veraniegos, en los que el cine aparece, nunca mejor dicho, de refilón. Y es que mis padres tenían allí un piso desde cuya terraza se veía un tercio de la pantalla de uno de los cines de verano del pueblo, el mencionado Imperial Cinema, y se oía el cien por cien del sonido de la película que estuvieran proyectando, ya que estaba a escasa distancia al otro lado de la calle. El piso aún existe y forma parte de uno de los primeros bloques que se construyeron en Torre del Mar, el cual tiene tan solo cuatro plantas; nada que ver con los que luego se edificaron durante la segunda mitad de los 60 y primera de los 70, de diez a quince o más plantas, la inmensa mayoría de ellos obra de TOTO (Toré Toré)**, cuyo nombre figuraba en la parte superior de sus horribles mamotretos. Casi todo lo que se construía era de TOTO, por lo que debía tener buenas asideras en el régimen de la dictadura franquista, y el pueblo pasó a denominarse homorísticamente TOTO del Mal, del mal gusto... Un pueblo pintoresco de pescadores se convirtió en una colmena de veraneo -en invierno estaba muerto y era fantasmagórico- de turistas de poca monta que procedían, principalmente, de Jaén, Códoba y del interior de la provincia de Málaga; aunque también los había extranjeros, sobre todo, alemanes y belgas, si bien estos solían vivir en colonias exclusivas junto al mar en los márgenes de la localidad, como las que había en La Caleta de Vélez, donde por cierto estaba la discoteca La Cave y se podían ver por allí catetos merdellones (palabra malagueña que designa algo parecido a un hortera), prototipos de macho ibérico, en busca y captura de finas y espectaculares rubias de ojos claros. Y lo curioso y tal vez para algunos sorprendente es que tenían bastante éxito.



Foto de Torre del Mar, probablemente de finales de los 60 o principio de los 70.
A la derecha, con la fachada oscura, el edificio donde compraron mis padres el piso;
y a la izquierda se puede ver la pantalla del cine de verano Imperial Cinema,
así como la nave donde proyectaban las peliculas el resto del año


Mis padres compraron dicha vivienda como inversión con el fin de alquilarla en los meses de verano, pero a finales de junio, una vez acabado el curso escolar, algún que otro año me fui con cuatro amigos a pasar cinco días. Nos lo pasamos fenomenal, muy especialmente el año en que conocimos a un grupito de cinco chicas, más o menos de la misma edad que nosotros, que estaban pasando unos días en el piso de los padres de una de ellas, y con las que congeniamos, incluso algunos nos enamoramos; yo, a decir verdad, sin mucho éxito, pero me dio fuerte.



Pero volvamos a mi barrio. El cine Lope de Vega (1962-1981) era del abuelo materno de mi amigo Helio, así que de vez en cuando Helio me invitaba a ver alguna película en el palco, los dos solos. Tenía la estructura de un cine moderno de aquella época, porque otros habían sido teatro y fueron posteriormente reconvertidos en cines. Y es que el cine casi acaba con el teatro como luego otros inventos casi acaban con él. La gloria es pasajera. Pero, como digo, el Lope de Vega era un cine de nueva construcción. Por lo visto y por lo ahora sabido lo hizo el padre de los Escasi, un vecino del barrio que era arquitecto y conocido de mis padres. Subiendo por dos escaleras laterales se accedía al hall de la planta alta, donde estaba el bar y vendían las deseadas palomitas, y ya dentro de la sala, había una grada con varias filas de asientos popularmente llamada en todas partes “el gallinero”. Las parejas o aspirantes a tales con malos pensamientos e irrefrenables deseos carnales, procuraban conseguir entradas para la última fila del gallinero, la llamada fila de los mancos. Allí se estaba al resguardo del acomodador y de las miradas de otros espectadores, porque no tenías a nadie detrás y todos los de la misma fila estaban a lo suyo. La película les importaba más bien un bledo o un comino, aunque si era de terror o de alto suspense mucho mejor, porque las chicas, cuando se asustaban, solían agarrarse despavoridas al chico que tenían al lado, y si le gustaba, que va a ser que sí porque para eso venía con él al cine o se había sentado a su vera si es que se trataba de una panda de amigos; tal acto reflejo podía dar pie a que el chico, por lo general más tímido o menos espabilado, pasara a la acción y ser el inicio de un feliz idilio. La fenomenal canción de Sabina “Una de romanos”, que he puesto al final de esta página y a la que le he dedicado un espacio en Cajón de Arte y Desastre, retrata muy bien, desde mi punto de vista, todo esto.


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Fotos del cine Lope de Vega gentileza de la familia Ramos Bernabé, y muy especialmente de mi amigo Helio.
Como se puede apreciar en las imagenes, en el momento que se tomaron las fotos estaban proyectando
la película El Gran Pescador. La especie de ventana rectangular cegada que hay a la izquierda
de la fachada, a la altura del Seat 600, era para exponer fotogramas del correpondiente film.
Delante del cine, además del Seiscientos, popularmente conocido como Seilla, hay
un par de motocicletas y un Renault Gordini. A la derecha de la sala asoma
la casa cuya planta baja albergó la tienda de alimentos La Catalana


Durante mi infancia, o sea, en los primeros años del cine Lope de Vega, había sesiones matinales los domingos. Ponían películas de el Gordo y el Flaco, de Charlot, “Los robinsones de los Mares del Sur” y cosas así. Entrábamos siempre con alguna que otra chuche que comprábamos en un kiosko que había al lado, unas veces eran chocolatinas (recuerdo sobre todo las que tenían forma y envoltorio de moneda); otras, barras de regalí, sobres pica-pica, chupa-chups, kikos (entonces un producto novedoso), chicles Bazooka, que eran de forma cilíndrica con surcos en las paredes laterales, o Gallina Blanca, éstos planos, finos, rectangulares y con sabor a yerbabuena. Los chicles Bazooka olían a lo mismo que las pastillas que se echan todavía en los inodoros para aguas menores de algunos cines o locales que frecuento. Cada vez que huelo ese aroma me siento transportado a aquel tiempo. No sé si llegué a conocer la venta dentro del cine a manos de una dependienta que deambulaba por los pasillos, quizás lo he soñado o extrapolado de otra parte.




Por aquel tiempo la película que se preciase llevaba asociada la coletilla de “en CinemaScope Technicolor” y coincidiendo con mi incorporación al mundo fantástico del cine se empezó a generalizar en España el sistema denominado TOOD-AO, proyectándose las películas en pantallas cóncavas enormes, de tal manera que parecía que estabas dentro de las escenas; además el sonido era extraordinario, muy envolvente. El Lope de Vega disponía de la tecnología necesaria para poder proyectar en TODD-AO. Por las mañanas, antes de la película ponían un corto que era espectacular. Se veían imágenes filmadas desde una vagoneta de una montaña rusa y también desde una avioneta o un helicóptero volando entre montañas y precipicios. Tenías la sensación de ir viajando en ellos, hasta daba vértigo; una maravilla con la que me quedaba embobado. Ahora hilando e hilando y gracias a Internet he sabido que se trataba del documental titulado “Esto es Cinerama”, una técnica de filmación y proyección que revolucionó el cine antes del TOOD-AO, pero que no tuvo tanto éxito ni implantación por lo costosa que era. Aquí va un corto de “Esto es Cinerama”.



Uno de los cortos de "Esto es Cinerama". Hubo y hay diferentes versiones,
las pueden ver en Internet, como la asociada a este enlace


Aunque CinemaScope y VistaVision dieron excelentes resultados, ninguno de estos sistemas podía compararse al Cinerama en lo que a la definición de imagen se refiere. Por eso, a finales de los años cincuenta, Michael Todd, antiguo socio de la compañía que lanzó el Cinerama, se embarcó en el ambicioso proyecto de crear un formato que igualase a éste en calidad e impacto visual, pero con unos costes más reducidos. Todd, en colaboración con la empresa American Optical, logró desarrollar en un tiempo record un sistema que sería lanzado con el nombre Todd-AO. Este procedimiento se basaba en el empleo de un negativo de 70 mm, con cinco perforaciones de arrastre por fotograma y una cadencia de treinta imágenes por segundo. Los resultados fueron asombrosos, pues la definición de imagen era casi tan alta como la obtenida con el Cinerama, y por tanto superior a la ofrecida por CinemaScope y VistaVision. La relación de aspecto alcanzaba la escala 2.21.1, pero lo más importante era que todo esto se lograba sin necesidad de utilizar lentes anamórficas que implicasen compresión de las imágenes en el negativo. En cuanto a la proyección, requería el empleo de una pantalla cóncava, con una curvatura de 128 grados.

Texto extraído del artículo "Formatos del Cine: Historia y Evolución", de Antonio Quintana Carrandi, que pueden leer completo en blog Ciencia-Ficción



Cabeceras de Movierecord desde los años 50 a los 90


Tras los anuncios de Movie Rercord, algún que otro trailer (avance sobre una película que se iba a estrenar próximamente) y el "Visite nuestro bar" se iluminaba un poco la sala y había un breve descanso; luego, en semioscuridad y antes de empezar la película, proyectaban el consabido NODO, semanario de noticias en blanco y negro del régimen, en el que Franco aparecía cada dos por tres inaugurando pantanos, entrando bajo palio en las catedrales en compañía de las altas jerarquías eclesiásticas, pescando truchas o cazando venados, presidiendo consejos de ministros, paradas militares, corridas de toros, partidos de futbol o exhibiciones de los coros y danza, recibiendo embajadores, etc. “Su Excelencia el Generalísimo Franco, Caudillo de España”, ha hecho esto y lo otro, aquello y lo de más allá. Pero parece que hubo excepciones que confirman la regla, como el noticiario de abajo.

 



NODO de 4 de enero de 1960

 


Otra vista del edificio del cine Lope de Vega, en la que se pueden
apreciar algunas huellas de su última funcionalidad
como discoteca (Foto: JRT, 2011)



Cine Lope de Vega de Pedregalejo
(Foto: JRT, 2012)

 

Lectura recomendada: "Una infancia de cine", por Concha Gonzalez Colilla,
que se encuentra en el Cajón 9 de Cajón de Arte y Desastre, y que junto
con parte del Cajón 8 y parte del Cajón 10 es un homenaje al cine,
muy presente en general en De Vez en Cuento




Fotomontaje extraído del Cajón 8 de Cajón de Arte y Desastre de De Vez en Cuento,
en el que se ha sobreimpuesto un fotograma de la película "La Rosa Púrpura del Cairo",
de Woody Allen, sobre una imagen en negativo del cine de verano montado
en el castillo de Oropesa (Toledo), haciéndolo coincidir con la pantalla


Cine, cine
Luis Eduardo Aute

Una de romanos
Joaquín Sabina

Los fantasmas del Roxi
Joan Manuel Serrat


Aquí os dejo tres preciosas canciones que hablan sobre el cine,
y a continuación temas formidables de las bandas sonoras
de algunas de las películas citadas.
¡Que no decaiga!

Goldfinger
La muerte tenía un precio
El graduado
Doctor Chivago

La leyenda de la ciudad sin nombre

Un hombre y una mujer
El golpe
Dos hombres y un destino
Los vividores


La música y el cine hacen buenas migas, son buenos compañeros.
Hay películas con bandas sonoras extraordinarias.
Sin embargo no es tan fácil crear o llevar al cine
musicales que resistan el paso del tiempo



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