Rosa en Mojacar

1982

Primavera. Por nuestra cuenta. Con Luis y Ángela.
En coche (Seat 127). Hotel

 


Rosa y yo en La Alhambra (Granada),
camino de Mojacar




En La Alhambra (Granada), con Ángela y conmigo




Los tres, al contraluz, en el mismo lugar




Ángela y Luis en la Alhambra
¡Qué jovencitos!




Cón Ángela y conmigo, camino de Mojacar.
Me encanta esta foto




Conmigo, en el desierto de Tabernas (Almería), camino de Mojacar.
Al fondo el poblado donde se rodaron numerosas películas del Oeste




Preciosa foto de Ángela, mimetizada con el entorno




Conmigo y con Luis por la misma zona




Rosa y yo paseando por la playa de Mojacar




En Mojacar, mismo día, besándonos,
ella con florecillas en el pelo

 

Rosa y Luis en el pueblo de Mojacar.
Nos hospedamos en el hotel Indalo,
un lujo para nosotros entonces

 


En Mojacar, viendo romper las olas




Ángela, Luis y yo en los acantilados que hay cerca de Mojacar

De esta pequeña y, al poco tiempo de salir, abortada excursión tengo un mal recuerdo. Caminábamos por una vereda estrechísima (sendero de cabras) pegada al corte del acantiliado cuando de pronto fui consciente del peligro que conllevaba andar por allí y me embargó el miedo hasta tal punto que sentí pánico, sensación nada recomendable que no he vuelto a tener en mi vida (tocaré madera). Me quedé completamente inmovilizado mientras veía abajo como las olas del mar rompían y golpeaban las rocas, me temblaban las piernas. Rosa venía detrás, no muy lejos, pero me daba miedo que continuara andando hasta donde yo estaba. Alguien, Rosa o tal vez yo, llamó a Luis, que iba un buen trecho por delante. Éste regresó y se acercó a mí. Su sola presencia me trasmitió seguridad. Consiguió que me diera la vuelta y que caminara cuatro o cinco metros hasta un lugar donde había una pequeña roca, "protectora" y "quitamiedos", del lado del acantilado, donde se había quedado Rosa. Allí me sentí seguro y conseguí tranquilizarme y recomponerme. Nos volvimos al pueblo. Pensé que lo que había experimentado era vértigo, mi padre lo tenía, mi hermana mayor también. Y es horrible. Pero no, no fue vértigo, sino pánico repentino creado por la toma de consciencia de un peligro acrecentado por la inconsciente inseguridad que me producía mi real minusvalía y el miedo feroz que desde niño me inculcó mi padre en situaciones semejantes. A estas conclusiones llegué al cabo de algunos meses. Efectivamente, me di cuenta que si me encontraba en un mirador, en un balcón, en un teleférico, en un puente, etc., no tenía ningún miedo por muy alto que estuviese, podía mirar para abajo tranquilamente. Otra cosa es montarme en una noria o en una montaña rusa, igual hecho la papilla; ni se me ocurre probarlo. En la feria, de joven, sólo con el balancín, que cual columpio gigante iba de un lado a otro poniéndose casi vertical, lo pasaba fatal, pero disimulaba lo que podía porque iba en pandilla y seguramente con alguna chica que me gustaba. Pues lo dicho, que no padezco de vértigo. Además del miedo inducido por mi padre, lo que descubrí es que, debido a mis secuelas de polio en la pierna izquierda (tengo el cuadricep prácticamente atrofiado), cuando caminaba por una senda con tajo en uno de sus costados, si a la ida, por ejemplo, el pricipicio quedaba del lado de la pierna chunga, entonces me sentía mucho menos seguro que a la vuelta. Este hallazgo fue clave para mí, ya que desde entonces, en circunstancias análogas a la descrita, el miedo, que es sabio, no me pilla por sopresa, y o las evito o ando harto precavido.




Flashback: mejor un final con beso

 


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De Vez en Cuento

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Rosa